Fue Carl Sagan quien dijo que el universo no es bueno, ni hostil, simplemente indiferente a nuestra existencia.
Por varios motivos, la cita de Sagan es más que pertinente en relación con el trabajo de César Núñez. El primero es que el mismo artista confiesa su admiración por el citado cosmólogo y escritor y el segundo -que abarca diversas cuestiones-, es que de la obra de César se desprende un cúmulo de reflexiones relacionado con la angustia que nos produce, cuando tomamos conciencia, nuestro desamparo ante esa inmensidad inabarcable y hermética que, al parecer, ya ni siquiera podemos considerar un “universo” porque según teorías bastante aceptadas hoy, se trataría de un “multiverso”, es decir, una interminable sucesión de universos paralelos.
Si la angustia existencial de no ser más el centro del sistema solar y de la creación puede verse con claridad en las formas artísticas del Barroco -la elipse es, tal vez, la más evidente muestra de esa vorágine que, por ese entonces, consumía los espíritus de los artistas- al menos todavía quedaba la posibilidad de la existencia de un supremo dador de sentido en ese universo ampliado, pero no tan inconmensurable, ni mucho menos replicado ad infinitum; un Dios cuyos designios últimos eran desconocidos, pero seguramente benévolos, más allá de que nos hubiera negado la centralidad y el protagonismo en la escena de su creación.
¿Dónde se esconde ese Dios hoy? ¿Podemos hablar de “creación” ante esa inconcebible multiplicación de universos paralelos?
Volviendo a Sagan, hace poco vi un fragmento de una entrevista en la cual él ironizaba sobre el comienzo de la saga Star Wars donde se dice: “hace mucho tiempo, en una lejana galaxia”; Sagan decía que esa frase implicaba la existencia de seres humanos antes que nosotros y en otra galaxia, y afirmaba que eso era absurdo porque las condiciones de posibilidad de nuestra existencia fueron absolutamente azarosas e irrepetibles. Estamos aquí porque hace unos sesenta y tantos millones de años una piedra gigante impactó nuestro planeta y terminó con la vida de la mayoría de las especies que lo habitaban, entre ellas, los dinosaurios; las consecuencias de ese evento azaroso generaron las condiciones para la aparición de nuestra especie. Luego tuvimos que sobrevivir a otros eventos de extinción como las glaciaciones, a las cuáles pudieron sobreponerse pequeños grupos humanos; hoy tenemos por delante el desafío de sobrevivir al colapso ecológico que nosotros mismos produjimos y que, según algunos especialistas, ya no tiene vuelta atrás.
Somos hijos del azar.
El trabajo de César Núñez gira en torno de la fascinación y la angustia que genera la pregunta, ya milenaria, acerca de nuestro lugar en el cosmos; si es que podemos hablar de un “cosmos”, es decir, un “orden” y no de un “caos”.
En la presente muestra el artista trabaja con un material desarrollado por la NASA en 1964 y conocido como “manta térmica” cuya función original fue la de proteger sus dispositivos espaciales contra la radiación. En algunas fotos del primer alunizaje -julio de 1969- puede verse cubriendo una parte del módulo lunar. Hoy ese material es de uso extendido, protege tanto a los “rovers” de exploración marciana, satélites y cohetes, hasta residencias y corredores de maratón.
César Núñez nos recuerda que nuestro mundo está siendo bombardeado por radiación en forma permanente, y que, sin saberlo, estamos expuestos a eso, a los efectos de ese universo indiferente a nuestro destino. Nos ofrece entonces una enorme estructura isotérmica para refugiarnos. Esta instalación es la pieza central y más impactante de la exhibición. Una vez adentro, en medio de la oscuridad, una luz difusa nos atrae como un imán…
Hay un momento decisivo en la vida de un artista, y es cuando adquiere plena conciencia de sus obsesiones y su trabajo se encamina hacia la madurez; es el momento en el que se encuentra César Nuñez, un momento de preguntas filosóficas -no hay artista interesante que no se las formule- y un tiempo de nutrirse de información científica, pero también del cine y de la narrativa de ciencia ficción, ladrillos sobre los que va construyendo un trabajo sólido y fascinante.
Marcelo Pelissier